Matamoros, Tamaulipas: Aquí todos los días es Día de Muertos, Zetas Vs CDG

Matamoros, Tamaulipas: Aquí todos los días es Día de Muertos, Zetas Vs CDG

En esta ocasión toca el turno a Matamoros, Tamaulipas, donde un muerto es dinero y la frontera, la cartera. Cuando te diga el nombre de esta persona, que nunca has conocido ni tendría que importarte, ningún recordatorio sonará en tu cabeza.

No es famoso, adinerado, intelectual o narco como para que te importara su vida, Pero cuando termine de contarte su historia espero que no olvides que se llamaba Gibrán Cedillo Martínez, tenía 19 años y lo mataron por algo tan inocente como ayudar a una señora a cargar sus bolsas repletas del mercado.
Su historia no llegó a las páginas del diario donde trabajo –La Verdad de Tamaulipas– porque aquella tarde de abril de este año la muerte se ensañó en Matamoros y dejó nueve cadáveres cortesía del crimen organizado. Para las 7 de la noche, los dos reporteros que cubrimos la fuente de seguridad estábamos tan cansados que ninguno quería hacer la historia de Gibrán. Para qué, si la cuota de muertos del día ya estaba superada.
Te contaré que, tras cinco años en este trabajo, ya nada me impresiona. Lo he visto todo: sin cabeza, sin ojos, sin testículos, con la boca reventada a balazos, los dientes sacados con pinzas y demás atrocidades. Por eso, un muerto más no me interesaba, pero el patrón quería una nota adicional para el portal y enfilé, con desgano, a la colonia Las Arboledas, donde todo lo que toca el sol es territorio narco. Una nota de un muerto siempre genera tráfico, que es igual a publicidad, que es igual a dinero. Por lo tanto, muerto es dinero.
“Acá todos los días ves camionetas con gente armada. Nomás hay que voltear para otro lado y seguir el camino”
Uno sabe que hay un muerto, o más, porque las camionetas quedan a la orilla de la camioneta con las puertas abiertas. Es la señal”
“¿Qué hace uno? Pues sigue su camino. Ni bajarse a ayudar. A veces es una sentencia de muerte bajarse del auto. Nomás hay que pisarle”
“Para los cárteles no hay distinción. Pobre o rico, si no pagas te rafaguean la casa o te la queman. Te doblas o te doblo”
“Acá todos los días ves camionetas con gente armada. Nomás hay que voltear para otro lado y seguir el camino”
Cuando estacioné mi camioneta, lo vi tirado en la banqueta. Pelón, 1.70, delgado, con una casaca de los Pumas y fue como si me hubiera visto muerto: yo soy pelón, 1.70, delgado y porto ese jersey en los días de juego del equipo de mis amores. Una epifanía cabrona: ese chavo, salvo la diferencia de diez años, pude ser yo.
Al llegar anoté en mi libreta: Gibrán Cedillo Martínez, iniciales GCM, las mismas que yo, y asesinado de un tiro en la cabeza porque se detuvo a cargar la bolsas de una señora. No se fijó que aquello no era comida, sino pacas de cocaína y una pandilla que trabaja para Los Zetas pensó que se las quería robar. No le dieron chance de nada, dijeron los vecinos. Un culatazo en la cabeza y un balazo en la sien derecha. Sin oportunidad.
Cuando volví al periódico, la edición ya estaba en la imprenta. Intenté en la web, pero había caído otro muerto de mejor aspecto para atraer visitas: la cabeza reventada a rocazos. No había foto que le superara, así que guardé mi libreta, las fotos de GCM y volví a casa.
Nada me impresiona ya, te digo, pero esa noche me subí a la camioneta y me puse a llorar. La muerte nos está volviendo monstruos en Matamoros.
***
Te cuento mi historia rápido porque hoy en Matamoros hay mucho trabajo para un reportero como yo: desde el domingo hasta este martes 5 de noviembre, los medios reportan 13 personas muertas por enfrentamientos entre sicarios. Yo, digo honestamente, que deben ser unos 30.
¿Por qué? Porque aquí los gatilleros matan y roban cadáveres. Es su forma de ser macabros: desaparecen  para que las estadísticas de los homicidios no suban y la “plaza” se mantenga fría. Por eso, 13 muertos es poco, aunque en lugares como el Distrito Federal ese número de mala suerte les suene a pura maldición.
Uno sabe que hay un muerto, o más, porque las camionetas quedan a la orilla de la carretera con las puertas abiertas. Es la señal”
Debo salir a reportear en un día que la alcaldesa, acusada de tener nexos con el Cártel del Golfo, pidió a la gente no salir de sus casas por temor a quedar atrapados en un fuego cruzado. Pero ya sabes cómo es uno, terco, bragado, y si me han de dar piso por mi chamba, mejor que sea en un día que sí se lleva la cuenta de los muertos.
Aquí, por si no sabes, no tenemos policía desde hace dos años y medio. La que tuvimos fue acuartelada por su grado de infiltración con el crimen organizado y nomás nos cuidan 40 pobrecillos sin armas. Imagínate: una ciudad fronteriza, pegada al Río Bravo y a Bronsville, Texas, con 450 mil habitantes y su mayor esperanza son 40 hombres jodidos, con toletes, que se esconden cuando ven una troca con cuernos de chivo que se asoman por la ventana.
“¿Qué hace uno? Pues sigue su camino. Ni bajarse a ayudar. A veces es una sentencia de muerte bajarse del auto. Nomás hay que pisarle”
Nadie está salvo aquí: a Ernesto Leal, de los pocos activistas gay de Matamoros, lo degollaron en 2007; a “Bellota”, payasa de fiestas infantiles, la golpearon hasta morir después de violarla en 2008; en 2009, a Luis Vargas Martínez, de 14 años, lo asesinaron las balas de los militares nerviosos que cuidan el Periférico de la ciudad; en 2010, al colega Carlos Alberto Guajardo, del diario Expreso de Matamoros, lo mataron en una balacera en la calle Pedro Cárdenas; en 2011, una riña en la cárcel del municipio dejó un saldo de 20 fallecidos; en 2012, los muertos llegaron a 489 en el año.
Y ayer, apenas ayer, Consuelo García, de 70 años, madre de la secretaria de Desarrollo Económico en Tamaulipas, Mónica González García, fue asesinada durante un asalto en su residencia. Quienes vieron el cuerpo dicen que la ultimaron a golpes.
En días de balacera, nadie abre los comercios; el 80 por ciento de las escuelas cierra sus puertas; los cumpleaños se celebran a puerta cerrada y si alguien tiene la mala suerte de morir, hay que esperar unos días para el entierro.
Todo se pone en pausa, menos la muerte que aquí tiene mucho trabajo.
***
¿Por qué Matamoros es tierra de muertos? Porque es una ciudad estratégica. Colinda con Estados Unidos y es la hace codiciada para los traficantes de droga y los traficantes de migrantes, que antes de 2004 no eran los mismos, pero ahora sí.
Vivimos aquí poco menos de medio millón de personas, pero nos visitan diariamente 700 mil, por lo que somos el segundo municipio más importante del estado, después de la capital. La verdad, si nos dejamos de hacer pendejos, siempre supimos que aquí había narcos, pero la diferencia es que ellos no se metían con nosotros ni nosotros con ellos.
Eran “el señor”, “la señora”, “el patrón” y otras linduras del lenguaje para no ver que no eran ganaderos o mineros, sino amos de la droga que todo corrompe. El jefe era Osiel Cárdenas Guillén y para proteger su feudo reclutó a exmilitares que fueran el brazo armado del Cártel del Golfo. Eran hermanitos pesados, pero hermanos al fin, hasta que en 2007 esos exmilitares llamados Los Zetas rompieron con el cártel y todo valió madres.
Todo.
“Para los cárteles no hay distinción. Pobre o rico, si no pagas te rafaguean la casa o te la queman. Te doblas o te doblo”
Las calles se llenaron de sangre. Niños, adolescentes, adultos, ancianos. Estudiantes, profesionistas, adictos, pensionados, sicarios, jugadores de futbol, todos fueron llenando el panteón.
No es para menos: acá está el Aeropuerto Internacional General Servando Canales, apenas a 9 kilómetros de Matamoros y el más cercano a la Frontera entre Estados Unidos y México; las principales carreteras llevan al otro lado y tenemos un puerto marítimo envidiable para cualquier país. Una bendición que nunca imaginamos se volvería desgracia.
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Mañana, si hay suerte, habrá menos de 10 muertos al día. Si la cosa va bien, sólo agarraré dos o tres muertitos y me podré ir a casa a beber una cerveza. A olvidar a todos esos desdichados que mueren camino al cine, a la escuela, al salón de belleza.
Querré olvidar a Gibrán y su absurda muerte. Ojalá tu no lo hagas. Que se te quede en la cabeza que aquí se muere uno hasta para ayudar a la gente, que yo reporteo muertos que tomaron la mala decisión de jugar dominó con sus amigos en un tugurio del cártel rival, que se pasaron un alto y los rafagueó el Ejército, que sin querer rayaron el auto de un sicario y ése los acabó a plomazos.
No vayas a olvidar a Gibrán, 19 años, pelón, 1.70, delgado, aficionado de los Pumas, quien tuvo la mala suerte de crecer donde yo: en Matamoros. Mata-morros… cuyo nombre oficial es Heroica Matamoros.

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